Videoconferencias provocan cansancio y estrés

Ante la crisis por COVID-19, ha aumentado la demanda en las aplicaciones de videoconferencia, ya sea por motivos laborales, educativos o personales. Como resultado, la plataforma Zoom ha pasado de 10 millones de sesiones a 300 millones en el mes de mayo y sus ingresos han incrementado 16% durante la pandemia.

No obstante, en meses posteriores, se pudo observar una desescalada en el uso de estas aplicaciones, como en el caso de Skype, cuya utilización cayó un 36.1% durante las dos primeras semanas, respecto a las dos últimas semanas de abril, según la consultora Smartime Analytics. También cayó el uso de otras aplicaciones similares como Duo, un 11.2% y Hangouts, un 23.9%.

Miquel Ángel Prats, profesor titular de Tecnología educativa en Blanquerna-URL, explica que lo anterior puede deberse a que “empezamos con mucho entusiasmo, pero ahora ya echamos de menos el contacto humano”.

Asimismo, los usuarios han afirmado que la comunicación mediante estas aplicaciones les cansa físicamente y también les provoca estrés. “No estábamos preparados para el confinamiento, que en sí mismo nos ha producido fatiga emocional. Pensábamos que la agenda lo aguantaba todo, y no hemos tenido control”, añade Prats.

El experto menciona que no se debe olvidar que las videollamadas son un simulacro, donde somos avatares de nosotros mismos, perdemos la parte física de una conversación, lo cual puede generar incomodidad y tensión.

Otro aspecto, como las fallas técnicas durante las videollamadas, pueden afectar la inteligibilidad de la conversación, lo que nos obliga a esforzarnos para lograr la atención. También en el caso de los turnos de palabra, las plataformas tienen herramientas para facilitar los roles, lo cual añade un aspecto más a controlar, que requiere más esfuerzo y por consiguiente mayor cansancio.

En conclusión, las videoconferencias nos hacen reivindicar el vivir las cosas presencialmente, la experiencia. La conexión por video nos ofrece la pseudoexperiencia de la virtualidad, que tiene que ver con el riesgo y el confort. Es menos arriesgada y más cómoda, y por tanto el peligro es que entramos en una zona de confort.

Entonces, si las videollamadas llegaron para quedarse, ahora nos corresponde encontrar un equilibrio en esta nueva dinámica.

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